Hace tiempo que tenía ganas de escribir sobre la espontaneidad.
Una palabra que, a veces, siento que se está esfumando. O, mejor dicho, que se viene haciendo cada vez más difícil de encontrar en medio de los tele´fonos móviles, las redes sociales y una vida en la que, muchas veces, nos encontramos corriendo.
Todo parece necesitar ser consultado y coordinado.
Una posible visita de amigos, una tarde de mates, un café, una cena. Hasta encontrarnos con alguien querido puede convertirse en una pequeña odisea entre horarios, agendas y actividades.
Y a eso se suma la vida misma, con sus obligaciones, sus tiempos, sus trabajos, sus familias y esas agendas que muchas veces parecen estar explotadas.
La otra noche fuimos a un cumpleaños, tranquilo e íntimo, y justamente surgió un poco este tema. Hablábamos de que no han pasado tantos años para que se hayan transformado tanto nuestras maneras de encontrarnos.
Antes no se pensaba tanto si se visitaba o no a un amigo. Se pasaba y listo.
Si estaba, compartíamos un rato. Y si no, quedaba para otro momento.
Hoy, coordinar para verse o compartir algo con un amigo puede llevar varios mensajes, cruces de horarios, “a ver cuándo podemos”, “esta semana estoy complicada”, “la próxima quizás”... y, siendo sincera, a veces todo eso me quita un poco las ganas de encontrarme.
Y ahí aparece una pregunta que hace tiempo me hago:
¿por qué nos cuesta tanto encontrarnos?
Todos tenemos una vida. Hijos o no, familia o no, trabajos, actividades, responsabilidades. Pero ¿por qué cuesta tanto dejar un pequeño espacio para lo espontáneo? para compartir un café, un mate, una cena... para pasar a saludar, para encontrarnos sin que todo tenga que estar previamente organizado.
Es una pregunta para la que todavía no encuentro una respuesta.
Sí, muchos “a ver si nos vemos”, “tenemos que juntarnos”, “cuando podamos”...
Y si bien soy de naturaleza un tanto nostálgica, no quiero asumir que lo espontáneo se terminó para siempre. Porque creo que es justamente en lo espontáneo, en aquello que sucede sin tanta planificación, donde muchas veces aparecen las conversaciones más lindas, las conexiones inesperadas y las risas que no estaban previstas.
Es ahí donde podemos quedarnos un rato más.
Sin mirar tanto el reloj.
Sin pensar demasiado en qué viene después.
Simplemente estando.
Y, siendo sincera, extraño mucho esos momentos.
Quizás la pregunta que me sigo haciendo es qué podemos hacer al respecto.
Porque es verdad que la vida sucede mientras hacemos otras cosas.
John Lennon decía algo parecido cuando hablaba de cómo la vida es aquello que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes.
Y quizás, en ese hacer constante, en ese estar siempre pendientes de lo que sigue, vamos perdiendo algo de la presencia necesaria para encontrarnos verdaderamente con el otro. Personalmente, si tuviera que responder qué intento hacer al respecto, diría que trato de mantenerme un poco fuera de la mente.
De no querer tener todo previsto.
De dejar algún espacio vacío.
De permitir que algo suceda.
Como decía Eduardo Galeano, intentar sentipensar.
Porque he comprobado que es ahí, cuando aflojamos un poco el control y dejamos lugar a lo que no estaba planeado, donde pueden suceder cosas maravillosas.
Un encuentro.
Una conversación que se extiende.
Una risa inesperada.
Un mate compartido sin apuro.
La presencia del otro, simplemente, sin necesidad de hacer nada más.
Quizás la espontaneidad no haya desaparecido.
Quizás solamente necesitemos volver a hacerle un poco de lugar.
Byung-Chul Han, en El aroma del tiempo, dice que "el presente ha sido reducido a picos de actualidad". Y pienso que, cuando todo se convierte en momentos breves, urgentes y sucesivos, también se vuelve más difícil experimentar aquello que necesita tiempo para suceder.
Lo imprevisto.
La conversación que no estaba en la agenda.
El encuentro que simplemente ocurre.
Tal vez se trate de eso:
de dejar algún espacio sin planificar, para que la vida también pueda sorprendernos.