martes, 7 de julio de 2026

el cuerpo y la interocepción

Hace un tiempo vengo leyendo y escuchando acerca del concepto de interocepción y del papel fundamental que cumple en nuestro cuerpo. Y, como suele ocurrir con esas sincronías que a veces trae la vida, mientras estoy transitando una formación sobre Neurociencia, cuerpo y bienestar, vuelvo a encontrarme con este término. Esta vez, para comprenderlo con mayor profundidad y descubrir cuánto dialoga con todo aquello que vengo escribiendo desde hace tiempo.

Al mirar hacia atrás, descubro que muchos de los temas que fui escribiendo - volver al centro, la respiración consciente, el nervio vago, la atención, el cuerpo y sus señales - terminan encontrándose naturalmente en este concepto. Como si todos hablaran, en el fondo, de una misma capacidad: aprender a leer, observar y sentir aquello que el cuerpo intenta comunicarnos a cada momento.

Sin entrar en definiciones un tanto científicas, podemos decir que la interocepción es la capacidad que tenemos de percibir las sensaciones internas de nuestro cuerpo, como el pulso, la respiración, la excitación y la relajación... en otras palabras, el registro, hasta a veces sutil, de aquello que nos quiere decir nuestro cuerpo.

Esta capacidad de registrar y procesar las señales del cuerpo como puede ser el ritmo cardíaco, el hambre, la sed, la tensión muscular o la necesidad de ir al baño, etc.  es fundamental no solo para la supervivencia, sino también para el procesamiento de las emociones, ya que influye directamente en la forma en que regulamos nuestros estados internos.

Aquí cabe resaltar que nuestra postura corporal también tiene un papel importante como parte del hilo conductor que envía la información hacia el cerebro, quien lee constantemente la postura y los gestos para interpretar cómo nos sentimos y preparar al cuerpo para la acción. Por ejemplo, una postura encogida o de sumisión se asocia con un menor registro de vitalidad, mientras que adoptar posturas abiertas o erguidas puede aumentar la confianza, reducir la ansiedad y mejorar nuestra capacidad para registrar las señales corporales internas.

Es decir que cuando 
logramos desarrollar esta capacidad interoceptiva, cambia la manera en que habitamos el mundo. Podemos conocermos mejor, tomar decisiones con mayor claridad, percibir con más precisión el tiempo, el dolor, la temperatura y hasta el modo en que nuestro estado interno influye en la forma de movernos, de escuchar música o de relacionarnos con los demás.

En este sentido y yendo a lo práctico, podemos preguntarnos ¿qué implicaría entonces tener una buena conciencia interoceptiva?
Desde mi experiencia, tener una buena conciencia interoceptiva significa aprender a reconocer con claridad esas señales que llegan desde el cuerpo. Sentirlas, darles espacio y permitir que esa información pueda orientarnos en la manera de actuar, decidir o responder frente a lo que vivimos.

Por otra parte, lo relacionado a lo interoceptivo suele llamarse "sexto sentido" porque las señales interoceptivas tienen que ver con esos sentimientos que tenemos a veces de "seguir nuestra intuición", esa certeza corporal que muchas veces aparece antes que cualquier explicación racional.

Y si bien, suena fácil decirlo... porque hasta mí a veces me cuesta seguir teniendo todo el tiempo ese registro corporal o conciencia, creo que como todo hábito cuando logro mantenerlo en el tiempo, es notable cómo distintos aspectos de la vida comienzan a ordenarse y puedo seguir andando, caminando la vida... de un modo más coherente y sentipensante.

Para cerrar, comparto una frase de Eduardo Galeano que, de algún modo, resume esta idea: "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos." porque, definitivamente, somos seres en constante transformación.
Nuestra esencia no está determinada de una vez y para siempre; también se construye en las decisiones, en los pequeños hábitos y en las acciones cotidianas con las que elegimos habitar nuestra vida.


lunes, 1 de junio de 2026

regularnos en estos tiempos

Hoy se habla mucho de “regularnos” y de otras palabras que parecen haberse puesto muy de moda. De hecho, hace un tiempo escribí sobre la regulación emocional y cómo acompañarnos para evitar entrar en grandes crisis o en estados que, aunque en un primer momento suelen incomodar, muchas veces terminan acomodando algo dentro nuestro.

Si bien entiendo la importancia de todo esto, a veces siento que este concepto existe desde hace muchísimo tiempo, solo que con otros nombres y otras formas más simples de habitarlo.

Desde un punto de vista biológico, se sabe que la regulación del sistema nervioso es el proceso mediante el cual el cuerpo y el cerebro equilibran sus respuestas ante el estrés y la calma. Implica la coordinación entre el sistema simpático - asociado al estado de alerta - y el parasimpático - relacionado con el descanso y la recuperación - permitiendo sostener un estado de mayor bienestar físico y emocional.

Pienso que, si viviéramos más conectados con nuestro cuerpo y más conscientes de las emociones que nos atraviesan día a día, quizás no necesitaríamos buscar constantemente maneras de autorregularnos.

Tal vez se trate muchas veces de volver simplemente a lo básico.

Ser conscientes de nuestra respiración, por ejemplo, ya es una forma profunda de acompañar al cuerpo. Respirar con presencia permite oxigenar nuestras células, aquietar un poco la mente y ayudar a que todo fluya de manera más armónica.

Y en ese sentido, regular el sistema nervioso no solo es posible a través de técnicas específicas. También puede suceder mediante pequeños gestos cotidianos que muchas veces olvidamos:

  • saber decir que no.
  • comer tranquilos.
  • sentir el sol en la cara.
  • salir a caminar.
  • hidratarnos.
  • tocar el pasto o caminar descalzos.
  • estar en silencio.
  • tomarnos descansos.
  • saber pedir ayuda.
  • abrazar a alguien.

Hace un tiempo escribí sobre el darse cuenta, sobre el cuerpo y sobre cómo reaprender a observar sus señales. Y pensaba que, en el fondo, todas esas son formas de estar conectados. Formas de volver a registrar cómo nos sentimos, qué necesitamos y qué nos está pasando realmente.

Porque quizás regularnos no sea controlar todo lo que sentimos.

Quizás sea, más bien, aprender a escucharnos antes de llegar al límite. Antes de que aparezcan síntomas físicos, estados emocionales difíciles de sostener o situaciones que nos obliguen a detenernos.

Y relacionando todo esto, viene a mi mente una frase de Daniel Goleman que, de algún modo, resume esta idea:

“La habilidad de hacer una pausa y no actuar por el primer impulso  se ha vuelto un aprendizaje crucial para la vida diaria."

 

jueves, 7 de mayo de 2026

el cuerpo y sus señales

Este último tiempo, a partir de algunas experiencias, volví a confirmar algo simple y profundo: cuando prestamos atención y cultivamos la auto-observación, el cuerpo nos brinda constantemente señales.
A veces aparecen como malestar o incomodidad.
Otras, como una sensación de bienestar que nos susurra: “es por ahí”.

Hace unos días, conversando con una amiga, dijo una frase que quedó resonando en mí: “si te da paz, es por ahí”. Y algo en eso es muy cierto.

Cuando logramos registrar lo que sentimos y pensamos, nuestras decisiones y acciones pueden empezar a alinearse. Y en esa coherencia aparece una forma más genuina de bienestar. Y no se trata de romantizar lo que vivimos, sino de aceptar lo que llega
Sin negarlo. Sin resistirnos. Intentando procesarlo de la mejor manera posible.

Según Daniel Goleman, el cuerpo es el escenario donde ocurren las emociones. La inteligencia emocional implica, justamente, poder reconocer y gestionar esos estados para actuar con mayor claridad.

Las emociones no son solo pensamientos: también son sensaciones y respuestas biológicas. Por eso, la autoconciencia se vuelve clave para comprender cómo la mente influye en el cuerpo… y viceversa.

Desde la neurociencia también se sabe que el cuerpo envía señales antes de que la mente logre interpretarlas. Algunas son evidentes: tensiones musculares, dolores de cabeza o de estómago, contracturas, fiebre o enfermedad.
Otras son más sutiles: esa sensación difícil de explicar de que algo no está bien.

El cuerpo, en su naturaleza, tiende al equilibrio. Pero cuando se producen desajustes a nivel físico, mental o emocional, pueden aparecer síntomas. Hoy existen numerosos estudios que confirman esta relación entre cuerpo, mente y emociones no procesadas.

Desde distintas miradas - como la medicina china, el ayurveda o prácticas energéticas - también se comprende al cuerpo como un sistema donde la energía circula, acompañando procesos físicos y emocionales.

¿A qué apunta todo esto?
A que, cuando dejamos de registrar el cuerpo o ignoramos sus señales, es posible que, tarde o temprano, algo necesite manifestarse con más fuerza.

Y entonces aparece la pregunta: ¿qué podemos hacer? 
Aunque suene simple - o incluso repetido -, en mi experiencia hay algo que no falla: escuchar. A veces, una enfermedad nos obliga a detenernos y mirar aquello que veníamos evitando. Otras veces, una tensión más pequeña - como apretar la mandíbula - puede hablarnos de algo que no estamos expresando.

El cuerpo siempre encuentra la forma de hablar. Por eso, quizás no se trate de hacer algo extraordinario, sino de no dejar de escucharnos
Incluso en medio de la rutina, las exigencias y el apuro. 
No es fácil. Requiere presencia, pero cuando empezamos a hacerlo, todo se vuelve un poco más claro… y más habitable.

En definitiva, el cuerpo habla a través de sensaciones: tensión, miedo, hambre, placer, vitalidad o dolor... distintas formas de comunicarse.

Cada síntoma.
Cada incomodidad.
Cada señal… puede ser una invitación a mirar más profundo.


viernes, 10 de abril de 2026

sobre la atención

Según Simone Weil, filósofa mística y activista francesa, la atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto.
No se trata de forzar la solución, sino más bien de crear un espacio interior donde pueda aparecer lo que buscamos. En este sentido, atender podría ser también una manera de esperar.








En tiempos de notificaciones constantes, mensajes que reclaman respuestas inmediatas y un flujo incesante de información, la atención se ha convertido en un recurso escaso. No solo es difícil concentrarse; también lo es sostener la concentración el tiempo suficiente para profundizar en una idea, frente a una situación, un problema planteado o incluso ante un simple texto.

Hoy, la falta de atención y concentración - sumada a la automatización en la que estamos inmersos día a día - potencia ese modo de vivir acelerados y desconectados. Desconectados no solo de aquello que estamos haciendo en un momento dado - el trabajo, las actividades, la familia o las relaciones - sino también de nosotros mismos.

En el fondo, lo que está en juego es nuestra presencia. Y en eso creo que reside cultivar la atención: en aprender a mirar y a escuchar de modo tal que dejemos un espacio para que algo verdadero pueda aparecer, en cualquier ámbito de la vida.

Como suele decirse en otros ámbitos: "donde va la atención, va la energía". Quizás por eso, cuando no ponemos foco en una cosa por vez, nuestra energía se dispersa. Nos sentimos desconectados, nos cuesta concentrarnos, no logramos muchas veces lo que buscamos y llegamos al final del día agotados, sin energías.

Si estamos atentos, estamos presentes.

Algo que inevitablemente me lleva a reflexionar sobre la respiración. Sí… vuelvo a ella, porque siempre es - y será - el acto fisiológico que puede ayudarnos a regresar al presente. Con el simple gesto de tomar registro del aire que ingresa y sale por nuestras narinas, es posible tomar conciencia de este instante - aquí y ahora -, una frase tal vez muy escuchada, pero profundamente cierta cuando se la practica con respeto y coherencia.

Respirar con atención nos permite actuar en concordancia con el momento presente, responder a una situación en tiempo y forma, ubicarnos en contexto y sostenernos con mayor claridad.
Tal vez hoy podamos regalarnos unos minutos de atención sincera.
No para hacer más, sino para estar más presentes.

Para cerrar e invitarnos a reflexionar, dejo aquí una frase del conocido filósofo hindú Jiddu Krishnamurti: "cuando hay atención la mente se aquieta". 


viernes, 20 de marzo de 2026

otoño es respirar

Hoy amaneció lloviendo y, en lo personal, son hermosas estas mañanas grises y húmedas donde luego se respiran esos aromas a estepa patagónica.

Hace ya unos días que se siente el otoño. Estamos llegando al cambio de estación - el equinoccio -, ese pasaje en el que dejamos una energía más cálida (yang) para entrar en otra más fría (yin). Y así como lo vemos en la naturaleza, también lo percibimos en el cuerpo.

Desde la Medicina China, el otoño se asocia a la tristeza y la melancolía, y también a lo respiratorio: resfríos, tos, catarros. Al cambiar de polaridad - de yang a yin -, se abre un tiempo de limpieza y depuración.

Los órganos que piden más atención son los pulmones - donde se purifica la sangre -, el intestino grueso - por donde eliminamos lo que no nutre - y la piel, que también ayuda a eliminar toxinas y es considerada un “pulmón” más.

La llegada del otoño es una invitación a soltar: descartar lo que ya no usamos, lo que no nos sirve, lo que no necesitamos.
Es un tiempo propicio para depurar, limpiar y desintoxicar el cuerpo - físico y mental - y así prepararnos para el invierno.
En este proceso, la respiración consciente se vuelve una gran aliada: oxigena, ordena y renueva la energía vital.

Pequeños gestos para acompañar este tiempo:

respiración consciente: tomarnos unos minutos al día para observar la respiración. Inhalar y exhalar por la nariz, con la atención puesta solo en ese movimiento. Simple, pero profundo.
infusiones que abrigan y depuran: jengibre, limón y miel; hinojo y anís verde; ortiga;  té de cebolla; o simplemente agua tibia, pueden convertirse en pequeños rituales que acompañen al cuerpo.
automasaje: masajear el abdomen con movimientos circulares, de derecha a izquierda, para acompañar el trabajo del colon. Antes de dormir, masajear los pies con aceite tibio para favorecer el descanso.
conectar con la naturaleza (donde estés): en la ciudad, en una plaza entre a´rboles y plantas; en el campo, entre monte o estepa; cerca del agua, con el fluir de un lago o río, o con la brisa del mar. Siempre hay una forma de volver.

Otoño es, también, una invitación a ir hacia adentro.
A respirar más lento. A soltar lo que pesa. A hacer espacio.
Y en ese gesto simple de respirar, quizás encontremos una forma amorosa de transitar este cambio.


lunes, 23 de febrero de 2026

saber volver a casa

¿De qué hablamos cuando hablamos de saber volver a casa?
¿Tiene que ver con volver a habitarnos, con regresar a nuestro centro?

En lo personal, suelo usar esta frase para nombrar ese gesto íntimo de volver a la respiración, de observar el cuerpo y, desde ahí, empezar a sentirnos desde otro lugar. No como una técnica, sino como un reencuentro.

Hoy esta expresión se escucha mucho. Y para mí no es una moda, sino un camino que vengo recorriendo hace años. Un camino que se parece a eso que sentimos cuando regresamos a nuestro refugio, a nuestro hogar, o como elijamos llamarlo. Volver al centro es, muchas veces, volver a sentir la respiración y observar cómo el cuerpo y la mente, aun con práctica, pueden tensarse frente a situaciones cotidianas que despiertan estrés.

Lo digo desde mi propia experiencia. Más allá de los años transitando estos procesos, todavía hay momentos de presión, de exigencia externa, de respuestas inmediatas, que logran activarme. Y es sorprendente cómo el cuerpo, que tiene memoria, vuelve a tensarse, recordándonos estados que ya no queremos habitar.

Entonces aparece la pregunta: ¿cómo hacemos para, en esos instantes, darnos un respiro y evitar que la situación tome un curso que nos desborde?

Quizás la clave esté en ese gesto simple y profundo: pausar.
Un instante. Una inhalación consciente. Un exhalar lento.

Volver a casa no siempre significa que todo se calme de inmediato. A veces es simplemente recordarnos dónde estamos, reconocer lo que sentimos, permitirnos habitarlo sin juicio y sin huida.
Porque, de algún modo, la vida siempre encuentra la manera de acomodarse. Todo se resuelve, cuando confiamos en el proceso y elegimos volver, una y otra vez, a ese lugar interno que nos sostiene.

Y tal vez de eso se trate, en el fondo, "saber volver a casa": no de no salir nunca o, de evitar el movimiento, sino de saber regresar a tiempo.

En ese sentido y para cerrar estas reflexiones, como solía referirse Claudio Naranjo al decir volver a casa: simboliza un retorno al hogar interior, a ese "yo soy" profundo, a nuestra esencia - en definitiva,  a la verdadera naturaleza de uno mismo


martes, 27 de enero de 2026

respetar los tiempos

Aprender a respetar los tiempos, el ritmo natural de las cosas - a no apurar los procesos - es algo para lo que muchas veces no estamos preparados. La espera nos incomoda. La ansiedad nos gana. Queremos que las cosas se den ya o, al menos, como las imaginamos.

Pero la verdad es que todo tiene su propio ritmo de ser. Desde una toma de decisiones, hasta la forma en que se construyen los vínculos. Desde la gestación de un proyecto, hasta la concreción de un trabajo.
Cada proceso necesita su tiempo, su maduración, su silencio.

El desafío de esperar
El punto no está solo en accionar - porque muchas veces accionamos - sino en qué hacemos después. Estar en calma en medio de ese proceso, no es evasión pero... ¿cómo aprendemos a esperar sin que la ansiedad tome el mando? ¿cómo observamos sin forzar? ¿cómo confiamos cuando ya dimos los pasos que estaban a nuestro alcance?

Vivimos en una sociedad que exige respuestas inmediatas. Creemos que vivir “a mil” nos vuelve más valiosos, más productivos, casi invencibles... como si poder con todo fuera una medalla. 

Y sin darnos cuenta, en ese apuro, dejamos pasar lo esencial.
Una puesta de sol. El sonido del mar. El canto de las aves. La presencia real del otro. Una charla compartida entre mates o un café, sin agenda, sin reloj, sin la necesidad de llegar a ningún lado.

Calma no es evasión
A veces confundimos la calma con pasividad. Como si bajar el ritmo fuera sinónimo de escapar. Y no. La calma que sentís no es evasión... es enraizamiento.
La ansiedad aparece cuando la mente exige resultados.
La calma aparece cuando el alma reconoce que está donde tiene que estar.

Respetar los tiempos no significa resignarse. Significa habitar el procesoEscuchar lo que se está gestando. Confiar en que lo que necesita llegar, llegará… cuando esté listo.

Quizás hoy el gesto más amoroso que podés hacer por vos sea ese: no apurar, no forzar. No exigirte florecer fuera de estación. Porque incluso la naturaleza - que nunca se equivoca - sabe esperar.

"Mira profundamente en la naturaleza y
entonces comprenderás todo mucho mejor."
Albert Einstein


viernes, 26 de diciembre de 2025

cómo habitarnos

Hace un tiempo vengo escuchando y leyendo sobre la idea de volver a habitarnos.
Y si bien, a veces, estos términos se vuelven palabras de moda, siento que cuando ahondamos un poco más profundo, aparece algo esencial.

Habitar proviene del latín habitare, que significa morar o vivirEn ese sentido, volver a habitarnos tiene que ver con recordar que nuestro cuerpo es la morada en la que todo sucede: donde las experiencias se registran, donde las emociones dejan huella, donde la vida queda guardada en forma de memoria.

Habitar nuestro cuerpo desde un lugar consciente implica empezar a escucharlo. 
Observar sus señales más evidentes y también aquellas que son sutiles, casi imperceptibles. Porque cuando aprendemos a hacerlo, ese camino suele conducirnos hacia una mayor coherencia interna.

Como leí alguna vez, el cuerpo siempre sabe lo que acontece, incluso antes de que la mente pueda ponerle nombre a lo que sentimos. 
Antes de que entendamos una emoción, el cuerpo ya la expresó: en una tensión, en un nudo, en una respiración que se acelera o se vuelve superficial.

Habitarlo de manera consciente es intentar mirarlo desde un lugar somático, más conectado, más intuitivo. Es reconocer que constantemente nos está dando señales y que, si nos detenemos a escucharlas, pueden orientarnos a la hora de decidir qué hacer… o qué dejar de hacer.

Un ejemplo simple y cotidiano es la respiración.
Observar cómo estamos respirando ya nos habla de cómo está nuestro cuerpo. El ritmo, la profundidad, la pausa - o la ausencia de ella - dicen mucho más de lo que creemos. La respiración no miente: refleja nuestro estado interno tal como es, sin filtros.

Tal vez, volver a habitarnos no sea aprender algo nuevo, sino recordar.
Recordar que estamos aquí, en este cuerpo, momento a momento. Y que cada vez que volvemos a él - aunque sea por un instante - algo se ordena, algo se calma, algo encuentra su lugar.

Volver a habitarnos no exige grandes gestos. 
A veces alcanza con una pausa, con llevar la atención al cuerpo, con observar cómo respiramos en este instante.
Tal vez hoy la invitación sea esa:
detenerte un momento, sentir tu respiración y recordar que ya estás en casa.


viernes, 28 de noviembre de 2025

cuando el cuerpo habla

Más allá del tiempo que vengo transitando este camino de las terapias alternativas e integrales, sigo sorprendiéndome de lo maravilloso e inteligente que es nuestro cuerpo. Si aprendemos a escucharlo, a estar conectados con él, siempre tiene algo para decirnos. Y cuando no lo escuchamos, encuentra la forma de detenernos a través de algún síntoma, dolencia o enfermedad.

Vengo de atravesar un proceso personal intenso - mudanza, viaje, inicio de una nueva etapa - y fue increíble cómo el cuerpo se expresó, cómo me invitó a frenar, a sentir, a observar qué quería mostrarme. Habitarlo desde ese lugar, dejar que se adapte con amor y presencia, fue un aprendizaje profundo: me permitió conectar de manera más consciente con todo este nuevo comienzo.

Aprender a observar el cuerpo, sentirlo y reconocer qué nos hace bien y qué no, es algo que no deberíamos perder nunca. Porque el cuerpo siempre sabe.
La desconexión a la que a veces llegamos tiene que ver con dejarnos llevar por la vorágine, con querer estar en todo, con ir “a mil”. Y en ese andar acelerado, inevitablemente, nos perdemos de nosotros mismos.

La buena noticia es que siempre podemos volver. Y a veces, de una forma muy simple:
respirandoEstá comprobado que volver a una respiración consciente- observar el aire que entra, el aire que sale - genera un cambio inmediato. Algo se acomoda. Algo se suaviza. 
Al observar cómo respiramos, también empezamos a observar cómo está nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones. La conexión es directa. Y si lo permitimos, podemos empezar a ver con mayor claridad cómo estamos realmente.

Para cerrar, quiero compartir algo que pude reconfirmar en este último tiempo: la calma que buscamos no está en el silencio externo, sino en el espacio interno que nos damos para escucharnos. 
La calma habita en nosotros. Solo necesitamos volver al cuerpo. Y si queremos liberarnos, sentirnos más livianos, escribir también es un camino: nos ayuda a ordenar lo que pesa, a expresar lo que necesita ser mirado con ternura. Y no hace falta buscar palabras perfectas. Solo dejar que lo que está dentro encuentre salida. Porque cuando escribimos desde el corazón, también respiramos distinto.

"Un respiro y todo cambia.
El cuerpo y la mente están conectados,
y la respiración es el puente."
 

 

sábado, 25 de octubre de 2025

confiar en los procesos

Hay momentos en la vida en los que todo se mueve. A veces, sin previo aviso: los lugares cambian, las rutinas se desarman, las certezas se desmoronan. Y ahí estamos, sosteniéndonos entre lo que se va y lo que aún no llega.

El movimiento siempre me mantiene viva, pero hace un tiempo noté en mí cierta resistencia a seguir esos ritmos naturales. Intentaba entender, controlar, anticipar. Hasta que comprendí que nada florece si se lo presiona demasiado; que soltar el control también puede ser una forma de respirar y dejar que lo que tenga que ser, sea.

Confiar en los procesos no significa quedarnos quietos: es una forma de presencia. Es acompañar lo que sucede con calma, escuchar al cuerpo cuando pide una pausa, mirar con ternura lo que dejamos atrás - esa melancolía que también forma parte del camino - y reconocer que cada paso, incluso el incierto, nos lleva a donde necesitamos estar.

Hoy estoy en pleno movimiento - cambio de ciudad, de casa, de paisaje - y, en medio de tanto ir y venir, me repito una y otra vez: respirá... confiá... volvé a vos. Porque cuando la mente se resiste y busca respuestas, el corazón ya sabe el camino.

Decir “confiar” suena sencillo; poder hacerlo es profundamente liberador. Nos enseña que todo tiene su tiempo y que no todo depende de nuestro hacer. La vida, cuando la dejamos fluir, siempre encuentra su manera de sostenernos.

Cuando el corazón guía, el camino tiene sentido.

Para cerrar, quiero compartir un fragmento del libro Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, que resume este sentir:

“Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta... ¿Tiene corazón este camino?
Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte.
... Si el camino tiene corazón, es bueno; si no, de nada sirve.
Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él.
El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita.”

 

sábado, 4 de octubre de 2025

la incertidumbre como motor

Cuando lo incierto se hace presente, se abre frente a nosotros una oportunidad: la de escucharnos y volver a confiar.
Este texto nace desde ese lugar: el de aprender a soltar el control y confiar incluso cuando nada es seguro. Es una invitación a mirar la incertidumbre no como enemiga, sino como una aliada que nos impulsa a transformarnos y crecer.

En este momento de cambios y movimiento que estoy transitando, puedo percibir que cada vez que algo se vuelve incierto en mi vida, algo dentro de mí también se pone en marcha. Frente a lo desconocido, me activo. Es como si la falta de certezas encendiera en mí una chispa que me impulsa a tomar decisiones, a veces tan grandes, que cambian por completo el rumbo.

Siento que, a veces, no tenemos todas las respuestas, y aun así elegimos dar el salto. Confiamos, aunque no sepamos bien en qué. Y quizás ahí esté el verdadero sentido de la vida: en animarnos a movernos incluso cuando no vemos con claridad el camino.
Porque la incertidumbre no siempre llega para desordenar, sino también para mostrarnos que somos más fuertes, más flexibles y más capaces de reinventarnos de lo que creíamos.

Ayer, hablando con mi hermano, volví a sentirlo. Esa sensación de que los seres humanos muchas veces reaccionamos justo ahí, en ese punto donde nada está claro. Cuando no sabemos del todo hacia dónde ir, pero intuimos que quedarnos quietos no es opción. Entonces, damos un paso. Buscamos una salida. Y ese movimiento, aunque sea pequeño, ya empieza a transformar algo.

Según la filosofía budista, lo único permanente es el cambio. Y que la seguridad que creemos tener es, en realidad, una ilusión que nos calma: una forma de sentirnos a salvo por un rato. Aceptar - que nada es seguro - puede asustar, pero también libera.

Amigarnos con la incertidumbre - con sus olas, sus pausas y sus giros -  es, a veces, lo más saludable que podemos hacer. Confiar en nosotros, en los procesos, y permitir que la vida, poco a poco, encuentre su propio orden.

Hoy elijo habitar este cambio con presencia, respirando entre lo que se va y lo que comienza. A veces, confiar no es entenderlo todo, sino seguir respirando en medio de lo incierto. Y en ese espacio - entre lo conocido y lo nuevo - dejo que la vida me enseñe, una vez más, que confiar también es una forma de avanzar.


"Si vivimos como respiramos, tomando y
soltando, no podremos equivocarnos".
Clarissa Pinkola Estés


el cuerpo y la interocepción

Hace un tiempo vengo leyendo y escuchando acerca del concepto de interocepción y del papel fundamental que cumple en nuestro cuerpo. Y, com...