Transitando las estaciones del año, y dependiendo del hemisferio en el que nos encontremos, todo puede florecer y llenarse de nuevos brotes o, quizás con un aire un poco más nostálgico, podemos contemplar cómo caen las hojas y la naturaleza comienza a recogerse.
Cada estación trae consigo sus propios ritmos y, desde la mirada de la Medicina Tradicional China, también una energía particular.
La primavera se asocia con el elemento madera y con el hígado y la vesícula biliar, vinculados simbólicamente al movimiento, el crecimiento y la capacidad de avanzar.
En esta tradición, el hígado se relaciona también con emociones como el enojo y la ira, con la posibilidad de que, cuando la energía se estanca, aparezcan estados de frustración o irritabilidad, muchas veces, ocasionados por los efectos acumulativos que nos deja un estrés mal gestionado.
Si observamos la naturaleza, la primavera es una invitación al movimiento, a expandirnos, a comenzar algo nuevo. Pero ¿qué sucede cuando aquello que sentimos no encuentra una manera de expresarse? ¿qué pasa cuando guardamos el enojo, la tristeza o la frustración y seguimos adelante como si nada ocurriera?
Las emociones forman parte de nuestra experiencia y necesitan, ante todo, ser reconocidas. No siempre podemos elegir lo que sentimos, pero sí podemos aprender, poco a poco, a escucharnos, a encontrar formas de expresar aquello que nos sucede y a darle un lugar a lo que estamos atravesando.
Porque aquello que no logramos poner en palabras a veces se manifiesta en el cuerpo como tensión, cansancio o malestar. No significa que cada emoción vaya a convertirse en una dolencia física, sino que cuerpo y emociones están profundamente relacionados y merecen nuestra atención.
Como dice una conocida frase atribuida a la tradición budista: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.
Sé que puede sonar sencillo decirlo, pero aprender a transitar lo que sentimos es un proceso. No se trata de evitar el dolor ni de pretender estar siempre bien, sino de encontrar recursos que nos ayuden a acompañarnos con mayor conciencia y amabilidad.
Y pensando en qué podemos hacer al respecto, quiero compartir algunos pequeños hábitos que, al menos en lo personal, me hacen bien y me ayudan a reconectar conmigo.
Algunas prácticas para acompañar esta estación:
Preparar una infusión. Diente de león, ortiga o carqueja son algunas de las plantas que forman parte de distintas tradiciones herbales. Preparar una infusión puede ser un momento de pausa y cuidado. Es importante recordar que las plantas también tienen contraindicaciones e interacciones con medicamentos, por lo que no todas son adecuadas para todas las personas.
Beber agua y mantenernos hidratados. A veces, los gestos más sencillos son los que más olvidamos. Un vaso de agua tibia con unas gotas de limón puede convertirse en un pequeño ritual para comenzar el día, una manera agradable de incorporar agua a nuestra rutina.
Descansar la vista. Solemos pasar muchas horas frente a pantallas, con la mirada fija y la atención puesta hacia afuera. Cerrar los ojos unos instantes y cubrirlos suavemente con las palmas de las manos, previamente frotadas para generar calor, puede ayudarnos a descansar la vista y aflojar la tensión. Desde la mirada de la Medicina China, los ojos también se relacionan con el hígado.
Masajear el punto entre el dedo gordo y el segundo dedo del pie. En la Medicina China, este punto se conoce como hígado 3 y se encuentra sobre el empeine, entre los dos primeros metatarsianos. Podemos realizar una presión suave durante unos segundos y luego dibujar pequeños círculos con los dedos, sin provocar dolor. Es una forma de acercarnos al cuerpo a través del tacto y la atención.
Caminar descalzos. Sobre la tierra, el césped o la arena, siempre que el terreno sea seguro. Parece algo simple, pero solemos llevar los pies encerrados en zapatos durante gran parte del día. Quitárnoslos y sentir el suelo puede ayudarnos a aflojar, registrar nuestras sensaciones y entrar en contacto con la naturaleza.
Respirar conscientemente. Siempre voy a sugerir esta práctica. Detenernos unos minutos, llevar la atención a la respiración y observar cómo estamos puede ayudarnos a reconectar con el cuerpo y reconocer qué necesitamos en ese momento. No hace falta forzar una respiración profunda: a veces, simplemente, permitir que el aire entre y salga con suavidad es suficiente para comenzar a escucharnos.
Quizás la primavera también pueda ser una oportunidad para revisar qué está queriendo brotar en nosotros y qué necesita un poco más de espacio.
Así como la naturaleza se transforma sin pedirnos permiso y cada estación tiene su propio ritmo, nosotros también atravesamos momentos de expansión, de pausa, de movimiento y de recogimiento.
No siempre podemos cambiar lo que sucede a nuestro alrededor, pero podemos aprender a prestar más atención a lo que nos pasa por dentro.
Y tal vez, en medio de tantas cosas, cuidarnos comience por ahí: por hacer una pausa, escuchar el cuerpo y permitirnos sentir... porque, al igual que la naturaleza, nosotros también necesitamos espacio y tiempo para transformarnos.