El monte me enseñó a escucharme.
El mar me invita a compartir lo que escuché.
Hace unos días escribí esta frase y, de algún modo, sentí que resumía un camino recorrido. El monte fue y sigue siendo, para mí, un tiempo de silencio, de introspección y de aprendizaje. El mar, en cambio, me invita cada día a abrirme, a compartir aquello que fui descubriendo en ese recorrido.
Y lo que sigo descubriendo, una y otra vez, es que cuando insistimos en conectar sabiamente con nuestro cuerpo y con esas señales - a veces muy sutiles - que nos envía, casi siempre aparece una orientación. No como una certeza absoluta, sino como esa sensación serena que nos indica cuál puede ser el próximo paso.
En lo personal, todavía me sorprende que eso suceda. Y no lo digo desde un lugar mágico ni romantizando la vida, porque sabemos que no todo se da con facilidad. Los cambios traen incertidumbre, los miedos siguen apareciendo y el camino nunca está completamente despejado.
Pero también he podido experimentar que, cuando logramos cierta coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos, algo comienza a ordenarse. Como si el cuerpo reconociera un lugar desde el cual caminar con mayor tranquilidad.
Desde la neurociencia hoy sabemos que existe una comunicación permanente entre el corazón y el cerebro. El nervio vago cumple un papel fundamental en ese diálogo constante que ayuda a regular funciones esenciales como la respiración, el ritmo cardíaco y nuestro estado interno.
Más allá de las explicaciones científicas, esta comprensión vuelve a recordarme algo muy simple: el cuerpo está hablando todo el tiempo.
La pregunta es si estamos disponibles para escucharlo.
Y ahí es donde la atención y la presencia cobran verdadero sentido.
En un momento histórico atravesado por la urgencia, las múltiples demandas y la sensación de que todo debe resolverse inmediatamente, permanecer presentes parece casi un acto de resistencia.
Lo experimento incluso en mi vida cotidiana. Desde que comienzo el día con unos mates hasta que me siento a trabajar, intento hacer una sola cosa por vez. Descubrí que mi cuerpo no responde bien cuando todo sucede al mismo tiempo, cuando la velocidad reemplaza a la presencia y la urgencia termina marcando el ritmo.
Quizás por eso, en mis espacios terapéuticos, lo primero que intento ofrecer no es una técnica: es presencia.
Porque antes de cualquier herramienta, necesito percibir cómo llega la persona.
Cómo está respirando.
Qué tensión sostiene su cuerpo.
Qué emoción aparece en su mirada.
El sistema nervioso no responde únicamente al contacto físico. También responde al ritmo, a la respiración, a la postura, a la seguridad y a la calma que percibe en quien tiene delante.
Por eso, antes de comenzar una sesión de masajes, muchas veces espero.
Porque tocar no siempre empieza con las manos.
Empieza mucho antes.
Empieza en la manera de recibir al otro.
En la calidad de la escucha.
En el silencio compartido.
En la respiración.
En la calma que somos capaces de ofrecer.
Quizás la presencia sea la primera forma de cuidado.
Y tal vez ese sea uno de los regalos más profundos que podamos ofrecernos a nosotros mismos y también a quienes nos rodean: estar verdaderamente presentes.
Porque, cuando la presencia aparece, también lo hace esa coherencia silenciosa entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.
Y, muchas veces, es desde ahí donde comienza toda transformación.